lunes, 12 de noviembre de 2012

INFORME ESPECIAL: VIDA, PASIÓN Y MUERTE DEL INDULTO A FUJIMORI



De cómo la guerra por el indulto se convirtió en la batalla final por el futuro del fujimorismo. Los amistes, los desamistes y las estrategias. Todas las movidas de los albertistas para desarmar al keikismo, y viceversa. Además: qué pasa por la cabeza de Kenji.
Marco Sifuentes.

INFOS.
En estos días Keiko Fujimori sabe que si recibe una llamada a cierto celular desde un teléfono público la conversación no será agradable. Por ejemplo:
–No vamos a esperar hasta el jueves –le dijo su padre cuando la llamó hace dos semanas.

Era el lunes 29 de octubre. Horas antes, los cuatro hermanos habían acudido a una misa por la salud del ex presidente, en Ventanilla. A la salida la prensa la abordó con el tema de moda: ¿por qué Fujimori no había firmado su pedido de indulto, como estaba exigiendo la comisión de Gracias Presidenciales?

Con la ley en la mano, Keiko dijo que pedir la firma de su padre era una “leguleyada” y que ya se reuniría con él el jueves para discutir esta situación.
En ese instante, Alberto Fujimori, que estaba viendo las noticias en la televisión de 32 pulgadas instalada en su estudio/área de visitas, casi pega un brinco. ¿Hasta el jueves que, además, era feriado? ¿Por qué esperar tanto? Nakasaki ya le había explicado la semana pasada que él podía “adherirse” a la solicitud de sus hijos y estaba dispuesto.

Se puso algo para abrigarse y salió al patio del amplio y solitario penal de Barbadillo. Era de noche. Caminó unos metros y entró al tópico del penal, donde se encuentra el teléfono público que usa cuando quiere comunicarse con el mundo exterior.

–No vamos a esperar hasta el jueves –le advirtió a su hija cuando ella, finalmente, contestó.

Ni siquiera iba a esperar a firmar efectivamente el documento. Al día siguiente, el martes, escribió en un papel un breve mensaje anunciando la futura firma. La “carta de puño y letra” fue difundida de inmediato a los medios por Carlos Raffo. Otra pequeña batalla ganada por el albertismo.

ALBERTISTAS Y KEIKISTAS
La división entre albertistas y keikistas no es una novedad; surgió en pleno desastre de la segunda vuelta del 2011. Lo que sí es insólito, aunque sus estilos sean distintos, es que ambos estén bregando por una sola causa: el indulto. El mismo Fujimori ya lo había descartado.

–Si salgo, ¿a dónde me voy a ir? –había llegado a decirle, lánguidamente, a alguien que fue a visitarlo el año pasado.

No es poca pregunta. Keiko tiene a su esposo y su familia. Kenji vive con su novia. Sachi anda entre Alemania y Estados Unidos. Hiro tiene su vida hecha en Japón. Es muy raro que los cuatro estén en Lima a la vez, como sucede en estos días.
¿Qué pasó?

LA VIDA EN BARBADILLO
Aquí hay que abrir brevemente la historia clínica y psiquiátrica de Fujimori. La primera operación en su lengua fue en 1997, para extirpar un cáncer que se le ocultó al país entonces. Las siguientes fueron en 2008, 2010 y 2011, para tratar leucoplasias, lesiones que podrían convertirse en cáncer.

Después de la intervención de febrero del 2011, en plenas elecciones, Fujimori bajó de peso y nunca lo recuperó. Se le diagnosticó depresión. Un psiquiatra lo visita dos veces a la semana y le prescribe medicamentos. La derrota electoral no ayudó a su estado emocional.

Ha perdido parte de la lengua y, por eso, a veces habla más lento de lo habitual. Como se puede observar en las fotos publicadas esta semana, ya no cultiva, como al inicio de su condena, rosas en el jardín de la Diroes. No tiene ganas.

Tiene un maestro de pintura pero no ha avanzado mucho en su técnica. Las pinturas más primariosas que se pueden ver en las fotos de su celda son las que ha hecho por su cuenta. Los supuestos autorretratos, más bien, tienen, en parte, la mano de su maestro.

–Él es pésimo pintando –se ríe, con mucha culpa, una de sus visitantes.
Antes tenía momentos de euforia y podía pasarse toda una noche pintando (o trabajando en cerámica) en el taller. Luego venía el bajón. Ahora, ni eso.

–A veces no sabes ya de qué hablar con él –dice otra persona, que lo visitaba antes de la campaña por el indulto–. Del pasado, de la política, igual se deprime.
Ese es, si uno escarba lo suficiente en el razonamiento fujimorista, el principal motivo del indulto: les da pena. Fujimori está flaco, viejo y triste. En privado, todos admiten que no está grave. Incluso admiten que la herida en la lengua no es un cáncer, aunque temen que podría volver. Tampoco niegan que sus condiciones carcelarias son, por decir lo menos, aceptables.

–Pero se está apagando. No queremos que se apague en prisión.

LOS BANDOS
Sin embargo, como ya se indicó, el mismo Fujimori había descartado pedir el indulto. Se estaban viendo otras alternativas legales, pero todos sabían que eran opciones a mediano plazo, por lo menos. Hasta que el 23 de agosto de este año tuvo que ser operado por quinta vez. El entorno se preocupó más y se empezó a discutir en serio la posibilidad.

Menos de un mes después, el 19 de setiembre, la lesión por la que había sido intervenido se abrió. No había cicatrizado del todo. Fujimori volvió a la clínica San Felipe. Todos entraron en alerta roja. Hiro y Sachi tomaron el primer avión rumbo a Lima. Para muchos, el indulto era ya una urgencia.

Aquí es cuando los bandos empiezan a entrar en conflicto. Por un lado está el albertismo, cuya cabeza visibile, con vocación de bonzo, es Carlos Raffo. Junto a él están Santiago Fujimori, Germán Kruger, Jorge Trelles, el congresista y médico de cabecera Alejandro Aguinaga, entre algunos otros que han formado un verdadero comando de campaña. Ya desde la quinta operación, ellos habían presionado para que Fujimori diera su visto bueno para el pedido de indulto.

La oposición es el keikismo. La ex candidata presidencial siempre ha temido que un rechazo al indulto hunda más a su padre y que, además, el costo político sea insalvable. Keiko tiene un entorno muy pequeño pero cerrado e influyente: Ana Herz de Vega, la eterna asistente de Keiko, además de secretaria de Organización del partido, y Jaime Yoshiyama. Keiko tiene la ventaja de ser el enlace con la bancada, el partido y la familia, salvo Kenji.

Kenji es la carta comodín de este juego. Es la persona más cercana a Alberto pero nadie sabe muy bien qué pasa por su cabeza. Todos, absolutamente todos, temen que, en algún momento, meta la pata espectacularmente. Pero hasta ahora no ha sucedido, al menos no en la magnitud que se teme (sobre esto volveremos más adelante). Su jefa de prensa es Rosario Enciso, una de las recordadas “geishas” de su padre. Enciso y su esposo, Gustavo Ríos, tienen el mérito de haber contenido a Kenji.

–Charo Enciso y Ana Vega son las “mamás” de Kenji y Keiko –dice un allegado a los Fujimori–. Son como el remplazo de la madre ausente. Es una familia complicada.

Así fue como Kenji, autorizado por su padre, a su vez aconsejado por Raffo, presentó la famosa fotografía de la lengua. No era ningún cáncer ni tumor, como se dijo, sino la cauterización de la herida. Pero era impactante. Querían ver cuál era la respuesta del gobierno en esta situación.

Fue la peor posible.

PISANDO EL PALITO
A los pocos días, el presidente Humala declaró en el canal del Estado:
–No logro comprender la conducta de sus familiares –dijo el presidente–. Todos sabemos en el Perú que, para que un gobierno pueda decidir si indulta o no indulta a una persona, tiene que haber una gestión de la persona interesada o de sus familiares cercanos.

Los albertistas creyeron, o quisieron creer, que más que un reto era una puerta abierta. El debate interno fue feroz. Al día siguiente de la declaración de Humala, Raffo escribió en Twitter:
–¿Qué vamos a hacer? ¿Ir a llorar al entierro de Fujimori con el cargo de conciencia de no haber hecho nada?

Y, luego, sin ocultar quién era el objeto de sus furias:
–Yoshiyama usó con Keiko la misma encuestadora que usaba el Doc para engañar a Fujimori: Mayeutica.

Finalmente, el keikismo retrocedió. Fujimori había decidido pedir el indulto. Los astros estaban alineados: justo Humala había hablado cuando los cuatro hermanos se encontraban Lima. Los cuatro harían la solicitud. Así se anunció el 28 de setiembre.

A los dos días, un domingo, el diario Correo publicó quizás la fotografía más cruda de todas, que pasó desapercibida: se trataba del torso desnudo de Fujimori. “Continúa perdiendo peso”, decía el titular. Raffo la movió en su Twitter y a través de la cuenta oficial @HumalaIndúltalo, pero, quizás porque era domingo o quizás porque se decidió que era demasiado denigrante, la imagen no circuló mucho. Fue el primer misil de prueba.

EL “FUJIMORING”
El miércoles 10 de octubre los hermanos presentaron el expediente médico sustentatorio del pedido de indulto. Dentro, como parte del expediente, se encontraba la ahora famosa fotografía de Fujimori echado en una cama con gesto de dolor.

El sábado 13 la controvertida imagen salió a la luz y nadie sabe cómo. Algunos congresistas fujimoristas, incluso, sospechan del gobierno. Solo la familia, los abogados y los médicos habían tenido acceso a ese expediente. Ninguno de ellos, aseguran, sería capaz de filtrar esa fotografía.

–Da rabia, esa no es la imagen de un líder –dice un congresista–. ¿Para qué vas a sacar esa foto cuando tienes 65% de aprobación al indulto? ¿Para que la gente se burle? No puede haber salido de nosotros.

Eso solo demuestra lo ajenos que están la mayoría de congresistas del núcleo de la campaña proindulto. Sin embargo, en su momento, la imagen habría contado con la aprobación de la familia y fue difundida no solo por Carlos Raffo sino también por la bancada fujimorista.

Tanto Raffo como Alexei Toledo, jefe de prensa de la bancada, aseguran que simplemente se limitaron a difundirla a pedido de los medios, que ellos no fueron la fuente original. Dicen la verdad.

–La foto es parte de un expediente médico y apareció por primera vez durante una entrevista al doctor Aguinaga en RPP –dice alguien bastante más enterado–. Suma dos más dos, pues.

Por supuesto, ahora nadie quiere admitir responsabilidad en el fiasco. Las burlas en las redes sociales –un fenómeno bautizado como “fujimoring”– afectaron a todos, especialmente a la familia. Con este descalabro se terminaron de partir las aguas entre el albertismo y el keikismo.

SORPRENDIENDO A LA FAMILIA
Lo siguiente fue, más bien, una demostración de poder de Carlos Raffo. Para mediados de octubre él consideraba que habían ganado ya dos batallas claves: la legal (el mismo César San Martín había dicho que podría otorgársele el indulto) y la médica (pues no se necesitaba una enfermedad terminal para solicitarlo).
Entonces fue que algunos sectores empezaron a exigir que Fujimori pida perdón al país. A Raffo se le prendió el foquito.

El jueves 18 de octubre, al mediodía, había pleno del Congreso de la República. Un congresista de la bancada, aburrido, empezó a ver su cuenta de Twitter.
–Último minuto: Panamericana presenta cuadro de Alberto Fujimori en el que pide perdón –escribió @CarlosRaffo, anexando una imagen de la frase “Pido perdón por lo que no llegué a hacer y por lo que no pude evitar”.

En ese instante, con varios soniditos y zumbidos, la misma imagen llegó a todos los celulares de los miembros de bancada fujimorista, que empezaron a mirarse desconcertados entre sí. Alguien se las había reenviado a la lista de correos que comparten. De pronto, Kenji Fujimori se paró de su curul, con la misma expresión inescrutable de siempre, y se fue del pleno.

Ni la familia ni el partido tenían la más mínima idea de que esto iba a suceder. Los albertistas lo habían cocinado en silencio, luego del fiasco del “fujimoring”.
Esa misma noche, Keiko apareció en el programa de Althaus a lamentar “que se haya sustraído la foto” del expediente médico. Además, admitió que no había tenido conocimiento del pedido de perdón de su padre.

A los pocos días, Kenji declaró en una entrevista que Raffo estaba “vulgarizando” el tema del indulto y dijo, a su modo, algo que muchos temen: que Raffo se esté aprovechando de la vulnerabilidad emocional de Fujimori. “Esa forma de pedir perdón”, aseguró, “no es su estilo”.

–Ese es –dijo Kenji– un mensaje anfibológico.

Durante unos días, Raffo no le respondió. Hasta que, durante una entrevista en internet, le tendió una rama de olivo:
–A Kenji le han hecho creer que yo soy el pulpo que maneja todo. Hubiera sido más fácil si me llamaba y me preguntaba. Ya nos juntaremos.
Y, efectivamente, se juntaron.

LA ESTOCADA DE LA CELDA
La semana pasada, los informes de este diario pusieron en alerta al fujimorismo en pleno. Todos, incluso los miembros más despistados de la bancada, sabían que la ministra había inspeccionado la prisión de Fujimori junto a un fotógrafo y un camarógrafo. Para ellos, plantear el tema de las condiciones carcelarias era síntoma inequívoco de que la publicación de esas imágenes era inminente.

Por eso es que Kenji apareció en esa conferencia de prensa con el plano del penal de Barbadillo. La idea de Raffo, con quien Fujimori hijo se reconcilió durante un desayuno, era forzar la aparición de las fotografías.

El problema está en que Raffo sugiere, Alberto ordena y Kenji ejecuta. La transmisión de la idea-fuerza (“son solo 14 metros cuadrados”) se perdió en el camino y su ejecución, nuevamente, desató críticas y burlas, incluso de gente favorable al indulto.

El otro problema era más grave: sabían que se venían las fotografías de la celda, pero no tenían ni idea de qué contenían las imágenes. Tampoco esperaban su publicación simultánea en tres diarios. Pensaban que sería a través de una conferencia de prensa del INPE. Jamás imaginaron lo que se venía.

Al cierre de esta nota, llegó la respuesta: Fujimori ha solicitado dar una entrevista a RPP. Pero va a ser difícil remontar algo como esto.
–El golpe ha sido casi fatal –admite un albertista.

Obligados a admitir que las lesiones en la lengua no son tumores cancerosos, que Fujimori no se encuentra en estado terminal y que sus condiciones de encierro no agravan su salud, los argumentos para pedir el indulto se han reducido a lo que verdaderamente son, en privado: les da pena. Les parece injusto que “el mejor presidente del Perú” vaya a morir en prisión. A eso se reduce todo.

El error fue que nunca dijeron eso. El keikismo decidió que la batalla sería humanitaria y no política. Se negaron a sacar a la gente a las calles. Mantuvieron a la bancada al margen (aseguran que temas como el de Roncagliolo, por ejemplo, no tienen nada que ver con el indulto). Los argumentos nunca fueron políticos, sino humanitarios, su salud, su encierro. Argumentos que han sido desbaratados uno a uno.

Esa decisión, además, sacaba de juego a la lideresa política y abría la cancha a gente con experiencia en la manipulación emocional, es decir, Raffo. El publicista asegura que no tiene la más mínima intención de volver a la política y que todo esto lo hace por un amigo “al que he visto solo y abandonado”.

–He mandado al diablo toda una chamba de un año y medio de despolitización de mi imagen –dice Raffo–. Tampoco es por plata. Ya un par de clientes me han cuadrado.

Con la publicación de las fotografías parece disiparse toda esperanza del indulto. Al albertismo solo le quedará quemar hasta el último cartucho. Al keikismo, hacer control de daños y pensar en el 2016. A Alberto Fujimori, por el momento, solo le queda pasar la página de este diario y prepararse para su entrevista.

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